EL PAÍS 9 de Abril de 2013.
"Parece que la eficacia es ahora el único principio moral que nadie se
atreve a discutir. Si debatimos sobre la pena de muerte o la tortura,
por ejemplo, la argumentación de fondo suele centrarse en si “sirven o
no sirven”. Apelar a más elevados ideales es perder el tiempo. Una vez
que logramos demostrar —acudiendo a estadísticas o cualquier otro
testimonio supuestamente objetivo— que la una no disminuye la tasa de
crímenes o que la otra no garantiza confesiones veraces, la ética está
de nuestro lado. Si fracasamos en el empeño, los “realistas” tienen
ganada la partida… y la buena conciencia les corresponde con su premio.
Lo bueno, sin más, no sirve pero lo que sirve es siempre bueno.
En el terreno educativo triunfa también la misma visión servicial del
mundo. Hubo una película española, creo que protagonizada por Gracita
Morales, que se llamaba Las que tienen que servir. Bueno, pues
ahora los que tenemos que servir somos todos… y todo. Los estudios
tienen que ser rentables laboralmente o se convierten en pérdidas de
tiempo injustificables. La curiosidad intelectual o el afán de conocer
no bastan para legitimar los años y los gastos invertidos en cualquier
esfuerzo académico. En el fondo, ése es el verdadero problema de la
universidad actual, bajo las pautas abierta o encubiertamente
mercantilistas dictadas por Bolonia. Me parece la queja general que
subyace los testimonios recogidos en el muy interesante volumen La universidad cercada
(ed. Anagrama), compilado por Jesús Hernández, Álvaro Delgado-Gal y
Xavier Pericay, en el que colaboran figuras tan destacadas de nuestros
centros superiores de enseñanza como Roberto Blanco Valdés, Francesc de
Carreras, Carlos García Gual, Román Gubern, Jordi Llovet, Gabriel
Tortella y otros de no menor fuste. El objetivo de los planes de estudio
viene dictado hoy en gran medida por las exigencias de las empresas que
pueden ofrecer colocación a los graduados. La investigación no
directamente instrumental —es decir, “humanista” en el sentido amplio
del término sea de ciencias o de letras— resulta algo anticuado o
indebidamente aristocrático…
Algunos impenitentes agradecemos a Nuccio Ordine, excelente editor de
las obras de Giordano Bruno entre otros méritos, su manifiesto L’utilité de l’inutile
(Les Belles Lettres) en el que repasa las opiniones de filósofos y
escritores sobre la importancia de seguir tutelando en escuelas y
universidades ese afán de saber y de indagar sin objetivo inmediato
práctico en el que tradicionalmente se ha basado la dignitas hominis.
No sólo en occidente, también en testimonios de Okakura Kakuzô o Chuang
Tzu. Su alegato se completa con otro publicado en los años treinta por
el científico norteamericano Abraham Flexner, que reivindica también
para las ciencias llamadas “duras” la misma libertad inquisitiva que
habitualmente parece reservada solo al arte y los saberes filosóficos o
literarios. Su lectura me recordó la respuesta de Niels Bohr al
preguntarle para qué podía servir la nueva visión de la física que
proponía: ¿Y para qué sirven los recién nacidos?
Se nos quiere encerrar en una fórmula reductiva de lo práctico,
ignorante de que existen tareas intelectuales sumamente provechosas
aunque no sean rentables. Por ejemplo: si lo único que indudablemente
tenemos los europeos en común es la gran literatura, frente a
rivalidades históricas y desencuentros económicos, ¿no sería provechoso
introducir un estudio serio y común de nuestros clásicos en todos los
bachilleratos europeos? Se dirá que en estos tiempos de crisis no hay
dinero para financiar ensoñaciones. Pero ¿no es la mentalidad mercantil y
el apego a lo bursátil lo que nos ha empujado hasta la situación
presente? ¿Es prudente sacrificar a esa tendencia la educación, en
especial la universitaria, en vez de intentar trascenderla? En su ensayo
de 1930 Posibilidades económicas para nuestros nietos,
escribió John Maynard Keynes: “La avaricia es un vicio, la potenciación
de la usura es una culpa, el amor por el dinero es despreciable (…).
Volveremos a apreciar de nuevo los fines por encima de los medios y
preferiremos lo bello a lo útil”. ¡Ojalá el gran economista fuera
profético también en este punto!
No hay comentarios:
Publicar un comentario